lunes, 12 de enero de 2015

Apoyar al Papa Francisco contra sus detractores

En varias partes del mundo, pero principalmente en Italia entre
cardenales y personas de la Curia, y también entre grupos laicos
conservadores, se está articulando una dura resistencia y demolición
de la figura del Papa Francisco.
Escondiéndose detrás de un escritor laico famoso, convertido, Vittorio
Messori, muestran su malestar.
Así que he leído con tristeza un artículo de Vittorio Messori en el
Corriere della Sera de Milán con el título: "Las opciones de
Francisco: dudas sobre el rumbo del Papa Francisco" (24/12-2014).
Esperó a la víspera de Navidad para tocar más profundamente al Papa.
Lo que le critica es especialmente su "imprevisibilidad que sigue
perturbando la tranquilidad del católico medio".
El admira la perspectiva linear "del amado Joseph Ratzinger" y bajo
palabras piadosas instila insidiosamente mucho veneno. Y lo hace,
como confiesa, en nombre de muchos que no tienen el valor de
exponerse.

Quiero proponer un contrapunto a las dudas de Messori.

Este no percibe los nuevos signos de los tiempos traídos por Francisco de Roma.
Además demuestra tres insuficiencias: dos de naturaleza teológica y
una de interpretación de la relevancia de la Iglesia en el Tercer
Mundo.
Messori se ha escandalizado de la "imprevisibilidad" de este pastor
porque "sigue perturbando la tranquilidad del católico medio".
Es necesario preguntarse por la calidad de la fe de este "católico
medio", que tiene dificultad en aceptar a un pastor que tiene olor a
oveja y anuncia "la alegría del Evangelio".
Son, en general, católicos culturales habituados a la figura faraónica
de un Papa con todos los símbolos de poder de los emperadores romanos
paganos.
Ahora aparece un Papa "franciscano" que da centralidad a los pobres,
que no "viste Prada", que crítica valientemente el sistema que produce
miseria en gran parte del mundo, que abre la Iglesia a todos los seres
humanos, sin juzgarlos y acogiéndolos en el espíritu que él llamó
"revolución de la ternura", hablando a los obispos latinoamericanos.

Hay un gran vacío en el pensamiento de Messori.

Estas son las dos insuficiencias teológicas: la casi ausencia del
Espíritu Santo y el cristomonismo, es decir, que sólo Cristo cuenta.
No hay propiamente un lugar para el Espíritu Santo.
Todo en la Iglesia se resuelve únicamente con Cristo, cosa que no
corresponde a lo que enseñó Jesús.
¿Por qué digo esto?
Porque lo que Messori lamenta en la acción pastoral del Papa es la
"imprevisibilidad". Pues bien, esta es la característica del Espíritu,
como lo afirma San Juan:

"El Espíritu sopla donde quiere, escuchas su voz, pero no sabes de
dónde viene ni a dónde va" (3,8). Su naturaleza es la irrupción
imprevista.

Messori es rehén de una visión lineal, propia de su "amado Joseph
Ratzinger" y de otros papas anteriores.
Por desgracia, fue esta visión lineal la que ha hecho de la Iglesia
una fortaleza, incapaz de comprender la complejidad del mundo moderno,
aislada en medio de las otras Iglesias y los otros caminos
espirituales, sin dialogar y aprender de los demás, iluminados también
por el Espíritu.
Significa blasfemar contra el Espíritu Santo pensar que los otros solo
piensan errores.
Por eso, es sumamente importante una Iglesia abierta como la quiere el
Papa Francisco para percibir las irrupciones del Espíritu en la
historia.
No sin razón algunos teólogos le llaman "la fantasía de Dios", a
causa de su creatividad y novedad para la historia y para la Iglesia.
Sin el Espíritu Santo, la Iglesia se convertiría en una institución
pesada y sin creatividad.
En el fondo, tendría poco que decir al mundo, a no ser doctrinas sobre
doctrinas, sin llevar a un encuentro vivo con Cristo y sin suscitar
esperanza y alegría de vivir.
Es un don del Espíritu Santo que este Papa haya venido de fuera de la
vieja y cansada cristiandad europea.
No aparece como un teólogo sutil, sino como un pastor que realiza el
mandato que Jesús pidió a Pedro: "Confirma a los hermanos y hermanas
en la fe" (Lc 22,31).

Francisco trae consigo la experiencia de las Iglesias del Tercer
Mundo, particularmente de América Latina.

Hay otra insuficiencia en el pensamiento de Messori: no valorar el
hecho de que hoy por hoy el cristianismo es una religión del Tercer
Mundo, como ha repetido tantas veces el teólogo alemán J. B. Metz.
En Europa los católicos no llegan al 25% mientras que en el Tercer
Mundo son casi el 73% y en América Latina cerca del 49%.
¿Por qué no aceptar la novedad que se deriva de estas Iglesias, que
ya no son Iglesias-espejo de las viejas Iglesias europeas, sino
Iglesias–fuente con sus mártires, confesores y teólogos?
Podemos imaginar que en un futuro, no muy distante, la sede del
primado no será ya Roma con la Curia, con todas sus contradicciones
recientemente denunciadas por el Papa Francisco.
Tendría sentido que la sede principal estuviera allí donde se
encuentra la mayoría de los católicos, que está en América Latina,
Asia y África.
Sería seguramente una señal inequívoca de la verdadera catolicidad de
la Iglesia dentro de la nueva fase globalizada de la humanidad.
Esperaba sinceramente una mayor inteligencia de fe y más apertura de
Vittorio Messori, con sus méritos de católico, fiel a un tipo de
Iglesia y renombrado escritor.
Este Papa Francisco ha traído esperanza y aire fresco a muchos
católicos y a otros cristianos que están orgullosos de él.
No perdamos este don del Espíritu por análisis más negativos que
positivos, que no refuerzan la "alegría del Evangelio" para todos.

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